Ojos de luna

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña.

Federico García Lorca

Meri es una hembra de cuento de hadas que aterrizó en este planeta para servir de pies a quien no los tiene. Ella regala un poquito de independencia a los que la necesitan y reparte fantasías a los que respiran demasiado cerca de la tierra. Es una hembra de enormes ojos de luna, pelaje de brillante chocolate; de su frente cae un blanco velo que le dibuja una bella franja hasta el hocico y su negro flequillo siempre danza al compás del viento. Sus calentadores blancos evocan a una bailarina de paso firme con valentía serena. Sus mandíbulas se mueven con exageración, le gusta tanto ese ejercicio que su abultada panza refleja la fascinación que tiene por su fragante manjar; pero ante todo, ella es de una extraordinaria nobleza y pureza de corazón. Lo que más define a Meri es su mirada sumisa con la que agradece los mimos que recibe de sus cuidadores.

Ella es una yegua que vive junto a otros caballos en la Fundación Federica Cerdá (una hípica adaptada para personas con Diversidad Funcional situada en Sant Cugat del Vallès). Hípica a la cual asisto desde hace algunos años. La primera vez que la recorrí, el lugar me pareció increíble. Tiempo atrás, había estado en otras hípica, quizás más grandes y con más caballos... Pero la Fundación Federica Cerdá es un sitio limpio y bien cuidado; todos sus caballos lucen un pelaje brillante como un espejo y de su atmósfera flotan pequeñas partículas mágicas que si te penetran en la piel, te enamoras inevitablemente del lugar. En lo que tardó un pestañeo, las partículas entraron en mí y se adueñaron de mi corazón. Me encantan los animales y no concibo una vida sin ellos, eso sería como vivir en un mundo sin color, triste y apagado, siempre en blanco y negro. El caballo ejerce en mí un poder enigmático, su majestuosidad lo hace profundo y misterioso, sus  ojos son como oráculos que  hipnotizan... No sé si lo explicaré bien, pero me da la sensación que junto a ellos, me remonto a mis raíces, a mi ser más primitivo, por lo que me siento más yo, un poco más humana.

¿Quién dice que los caballos no tienen alas? Muchas veces me asombra que el cerebro de los adultos sea tan cuadrado. Somos animales racionales pero que muy racionales. El ser humano a una corta edad deja de ser imaginativo, soñador, crédulo para ser un realista que abandona sus sueños en un cajón y camina solamente por la realidad. Es curioso, cuando somos pequeños tenemos toda la gama de colores y con la llegada de la edad adulta, apenas, nos quedamos con los primarios... Las diferentes gamas se quedaron en un cajón, en el mismo donde abandonamos los sueños. Mery a pesar de ser una yegua, tiene alas. Mis alas para volar.

Pies, ¿para qué os quiero? Si tengo a Meri para andar.

Recuerdo la primera vez que la vi: me impresionó su porte atlético, venía de un lugar en el que hacía excesivo ejercicio. Su compostura era elegante, pero adiviné que  sus ojos guardaban una expresión melancólica. Inmediatamente me pregunté qué sentiría sentada en ella, ¿estaré segura con Meri? Y ella, ¿estará cómoda conmigo? ¿Sus ojos de luna brillarán? Aquellas dudas se diluyeron cuando tuve el privilegio de montarla por primera vez. Me sentí insegura debido a lo lejos que veía el suelo y a los movimientos oscilantes qué hacen los caballos cuando van al paso. Mi cuerpo se zarandeaba sin control al ritmo de mis palpitaciones nerviosas. Pata derecha para delante, cuerpo que se me iba para al lado derecho, pata izquierda para adelante, cuerpo que se me iba para la izquierda. Pata derecha, lado derecho. Pata izquierda, lado izquierdo. Paso, movimiento. Pim, pam. Pim, pam. ¡Terminaba muerta! Había días que estaba tan agotada que solo oír la palabra caballo me producía cansancio. Me costó unas cuantas sesiones conseguir controlar mis movimientos y saber que sus cuatro patas eran mis pies... Y en ocasiones, las alas de mi imaginación.

 

La terapia con caballos, llamada hipoterapia, es complementaria a la fisioterapia convencional y está indicada para personas con diversidad funcional, tanto física como psíquica o ambas cosas a la vez. Para que os hagáis una idea de mi caso, os explicaré que nací con una Parálisis Cerebral que afectó a mi sistema motor y nervioso. A pesar de que mi movilidad es bastante reducida (voy en silla de ruedas) me gusta hacer por mí misma todo aquello que mi capacidad física me permite.

En las sesiones con Meri, nos acompañan dos personas: la terapeuta y la persona que dirige a la yegua. En los dos primeros años, utilice un montura que llevaba un aro en el que me agarraba y me sentía segura. De hecho estaba tan enganchada a aquel aro que si hubiera estado helado o hirviendo ni lo hubiera notado. Muchas veces no hacía caso a los ejercicios que me pedía la terapeuta. Nunca había estado mas pendiente de mi equilibrio, de hecho, uno de los objetivos de la hipoterapia es mejorar el equilibrio y puedo deciros que con el tiempo he notado una mejoría.

Con la terapeuta practicamos diferentes ejercicios como coger con corrección y manejar   las riendas, mantener el cuerpo erguido, respirar pausadamente, agarrar y soltar distintos  objetos para mejorar la coordinación de mis movimientos, hacemos ejercicios para la vocalización, mientras, los andares de Meri me acompañan o, dependiendo del suelo, la música de sus cascos pone la banda sonora a nuestras sesiones. Estos ejercicios se suelen hacer en el picadero, aunque solemos salir a dar paseos por los alrededores de la hípica.

Actualmente, uso una montura sin aro, incluso, dirijo a Meri  durante unos pocos minutos.  Si os digo la verdad, creo que la yegua es la que me dirige a mí. Y, ¿sabéis algo? A Meri le encanta terminar la sesión, ya que en esos momentos le doy su suculenta zanahoria. Disfruto viéndola comer con esas grandes mandíbulas su preciado manjar, entretanto sus ojos de luna brillan observándome.

Muchas noches pienso en ella y en lo que estará haciendo. Me la imagino mirando hacia la luna y dándole las gracias por estar en la Fundación Federica Cerdà.

Dedico este texto a Teresa Xipell, gracias por enseñarme a amar a los caballos,

gracias por tus terapias, por tus charlas de arte, de historia, de literatura, de la vida...

Y por hacer posible que este texto naciera.

Gracias a todos y a cada uno de los profesionales que día a día

consiguen que la Fundación Federica Cerdá sea un lugar especial.

Y a Meri... Espero que siga mirando la luna junto a sus compañeros de cuatro patas.

Pili Egea

 

 

 

 

 

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